
"Las palabras son como estrellas, ellas cuando son bien usadas encienden la oscuridad como si fueran faroles"
“Dios creo todos los Espíritus simples e ignorantes"
Allan Kardec


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| por Azor Náxara | |
Vientos de Guerra•Septiembre 4, 2008 •La espada justiciera 1 El SEÑOR me dirigió la palabra: 2 «Hijo de hombre, vuélvele la espalda a Jerusalén; clama contra sus santuarios, profetiza contra la tierra de Israel, 3 anúnciale que así dice el SEÑOR: “Me declaro contra ti. Desenvainaré mi espada y mataré a justos y a malvados por igual.4 Puesto que he de extirpar de ti tanto al justo como al malvado, mi espada saldrá contra todo el mundo, desde el norte hasta el sur.5 Así todos sabrán que yo, el SEÑOR, he desenvainado la espada y no volveré a envainarla.” Ezequiel XXI Una vez más se respira en el aire la sentencia de muerte de la guerra, desde Oriente Medio, la tierra que ha sido presa de la furia de las escrituras, brota aquella pestilencia con olor a carne quemada y sudor humano, a costumbre animal de pólvoras y humos de los avernos: sinvergüenzura hipócrita de botón y corbata, porque ya no hay dignidad ni para matarse… Pareciese los caballeros de este siglo se han ausentado. Los adversarios del amor, amigos de la ofensiva, conforman la mayoría. Amigos de la ilusión, conveniente, porque progresar toma trabajo. Son el resto, las minorías más sensibles al real problema de la humanidad, quienes cargan las inconciencias de las almas perturbadas que están en la oscuridad, que atrasan al mundo y continuamente pretenden conducirle por el camino más peligroso sin ningún fin más adelantado que el propio egoísmo y la mezquina satisfacción. Toda guerra, ya en estos días, con el progreso que hemos alcanzado como humanidad, es completamente innecesaria. Las estructuras cooperativas han sido las que mejor resultado han dado a través de los milenios. Mantener la paz es una sentencia para este modelo. Por eso los hombres de fe hemos de ser intransigentes contra el desorden y la virulenta interpretación de las sentencias profundas de la vida, intransigentes contra la siembra de los malentendidos y las distorsiones poco claras. Intransigentes para dar batalla contra la masacre. Los colaboradores de la guerra son almas menos perfeccionadas y que aún no entienden la real dimensión de sus propias vidas. Necesitan educación. Las masas están equivocadas, las minorías son aquellas que llevan el bastión de esta tierra. Esas minorías que transforman la indiferencia y la masacre a través del perdón y del amor. La proliferación de la guerra es responsabilidad de las masas indiferentes al problema de sus propios corazones, de la crisis de su propio hogar, de su propio templo. La guerra nace en una mente perturbada, para luego precipitarse a las bombas y a las llamas destructoras. Emerge en nuestro propio lar, de nuestra propia cultura primitiva aún en el conocimiento del espíritu. En este mundo es más lícito hacer desaparecer a aquellos que proliferan la transmisión de la armonía. Sin embargo, aquellos que cooperan con la distorsión de la realidad encuentran amplias redes de compadrazgo. Por eso el poder es simple ilusión. He ahí el sufrimiento, he ahí la ausencia de Dios en los corazones, allí la rebeldía. En las estructuras organizacionales que persiguen un fin superior, nadie es comprensivo con la rebelión. Nuestros adversarios son aquellos que desean seguir como están, porque cambiar les haría reconocer que son ignorantes en estos nuevos terrenos; aquella soberbia desbordante; aquel ego petulante, intransigente en el más cruel de los sentidos, será el mejor aliado de sus propias guerras internas. Aquellas que nacen en un corazón poco esclarecido y perdonado. Los adversarios de Cristo. Aquellos que muchas veces llenan las iglesias, porque en este mundo las mayorías tienen una religión, a pesar de que navegamos en mares de codicia y egoísmo; si la resonancia fuera diferente ya estaríamos en la Nueva Tierra de la que tanto se habla. Aún tenemos guerras; aún tenemos un problema ambiental; una profunda crisis social, espiritual, y ni siquiera tenemos masificado un nuevo combustible para mover al mundo y darle velocidad a nuestro desarrollo sin que este arruine el medioambiente. Las mismas personas que se dicen de fe son las que traicionan sus propios principios y malinterpretan los contenidos de las escrituras. Filtrado ahí entre ese ambiente de “espiritualidad” y “devoción” el mismo viento de la perturbación y de la codicia. Que fácil es hablar, que difícil iniciarse en el verbo. Aquellos líderes que hoy hablan de hacer la guerra, están donde están, sus mismas gentes les atraen al poder. Son representantes de sus extremos, de la intransigencia, sea para bien, sea para mal. Porque finalmente nuestra propia vida es una íntima batalla contra nuestra propia oscuridad. Pero como no hay bien que por mal no venga, es necesario rezar para contar con los divinos patrocinios, sea cual sea nuestra religión, creencia o doctrina. La presencia de Dios que se manifiesta a los ojos de los hombres a través de diversas revelaciones es espejo de la más grande bondad y sabiduría. Nosotros somos: aquello que somos: espejo de nuestra propia evolución. Se vislumbra un profundo cambio, ya que todo está en una profunda crisis. En términos de evolución la historia ha demostrado que finalmente siempre se aprende, que de las lágrimas se saca provecho y emerge una nueva comprensión de las circunstancias que atravesamos en la vida. Jesús era una minoría en la tierra, pero sus aulas representaban el acuerdo de las estrellas y la voluntad soberana de su padre. Solo la perturbación piensa hoy en hacer la guerra, pues trabaja fielmente para el servicio de la muerte. Porque en términos médicos, hacer la guerra a alguien es hacerse la guerra a sí mismo. Azor Náxara
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